Cuando dio vuelta a la esquina y se topo con el puesto de libros supo que ese era el libro para ella. En el hotel, escribió una dedicatoria y la guardó en la valija ya repleta. Lo que no sabía era que ella iba a leer sus letras cada noche antes de dormirse.
El día en que la niebla ocultó a la ciudad, él cortó una florcita blanca y se la regaló. Ella se recostó sobre su espalda y ocultó bajo la densa bruma cuánto necesitaba un abrazo suyo. Él respondió quieto y en silencio.
Una vez que la pequeña flor estuvo seca, decidió guardarla dentro del libro junto a la dedicatoria junto a la cabecera de su cama. Sabía que ellos dos no sabían que atravezaban sus días cada día.
El día en que la niebla ocultó a la ciudad, él cortó una florcita blanca y se la regaló. Ella se recostó sobre su espalda y ocultó bajo la densa bruma cuánto necesitaba un abrazo suyo. Él respondió quieto y en silencio.
Una vez que la pequeña flor estuvo seca, decidió guardarla dentro del libro junto a la dedicatoria junto a la cabecera de su cama. Sabía que ellos dos no sabían que atravezaban sus días cada día.
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Antonela acercó el banquito a la cómoda y abrió el primer cajón. Seguramente mamá guardaba los lápices de labios en el cajón al cual ella no llegaba. Lo primero que tomó fue un libro de hojas amarillentas. Del libro cayó una flor seca.
Foto+texto: CeLeS!
En el espejo: Luii, Anto, Oso
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